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lunes, junio 02, 2008

Límites de la libertad de expresión

Límites de la libertad de expresión

SILVIA CARREGAL


SILVIA CARREGAL

Es periodista. Desempeñó esta labor en prensa, radio, televisión y cine, ejerciendo en diversos medios a lo largo de la última década. Actualmente forma parte de la Redacción de Xornal.

Lunes, 02 de junio de 2008

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Escudarse en la Libertad de Expresión, y más aún en la de Información, para atentar contra el honor y la dignidad de otro es algo inadmisible en el ejercicio del Periodismo.

En su libro "Régimen jurídico de la información" Lluís de Carreras Serra habla de los límites de las manidas Libertades de Expresión y de Información recogidas en el artículo 20.1 de la Constitución Española. Señala al respecto que la opinión "es libre, pero la información ha de ser veraz y comprobable". En ese texto se recoge una sentencia del Tribunal Supremo (85/92) en la que se sienta jurisprudencia indicándose: "El derecho al honor (…) confiere a su titular el derecho a no ser escarnecido o humillado (...), lo cual impide que puedan entenderse protegidas por las libertades de expresión e información aquellas manifestaciones que carezcan de relación alguna con el pensamiento que se formula o con la información que se comunica, o resulten formalmente injuriosas o despectivas, y ello equivale a decir que esos derechos no autorizan el empleo e apelativos injuriosos utilizados con fines de menosprecio, puesto que la Constitución no reconoce ni admite el derecho al insulto".

También según este estudioso del Derecho una intromisión ilegítima contra el honor debe reunir tres requisitos: 1) Ha de ser divulgada públicamente. 2) Debe existir falsedad en las imputaciones. Si una persona comete un acto denigrante, darlo a conocer podría ser una intromisión en su intimidad, pero no un acto contra su honor porque somos responsables de nuestros actos. 3) La opinión que se tenga de otro no es una ofensa al honor, puesto que se integra en la Libertad de Expresión. La intromisión en el honor se produce a través de una imputación de hechos.

Asistimos estas fechas a un debate público sobre los límites de la Libertad de Expresión frente al Derecho al Honor al hilo de la demanda interpuesta por Ruiz Gallardón a Jiménez Losantos. A los periodistas nos encanta hablar de nuestra profesión. Nos miramos el ombligo en exceso, pero en este caso creo que sí es preciso hacer una reflexión pública del ejercicio de la noble tarea del informador.

No falta quien opina que en ocasiones Jiménez Losantos adolece de una vehemencia que le perjudica. Como radio-espectáculo puede ser que le dé al oyente lo que quiere oír. Como profesional de la información, no son pocos los que opinan que debería de actuar con mayor cautela y responsabilidad. No hay que callar nada, la censura no cabe, pero sí debe uno madurar bien lo que dice y cómo lo dice. Las formas también nos hacen perder la razón. Personalmente sostengo que la información es un material peligroso, inflamable, capaz de arruinar vidas y negocios, entre otras muchas cosas. Por eso acostumbro a releer lo que escribo, no por autocensurarme, y sí por un sentido de la responsabilidad que me enseñaron primero el oficio y los compañeros, y más tarde la Facultad. Aún así, uno no está nunca libre de equivocarse y de dañar, sin intención, a otros. Sucede más a menudo de lo que uno quisiera. Es un riesgo que se ha de tomar.

Considero, por otro lado, que para discrepar al respecto de las acciones u opiniones de una persona o colectivo no es preciso insultar. Manifestar las diferencias con nuestros coetáneos dentro del orden y la educación es un signo de cultura, de tolerancia y síntoma de una madurez política e ideológica necesaria para construir una sociedad mejor. La descalificación es el último recurso de quien se queda sin argumentos. La crítica por que sí, sin aportar soluciones, sin ponernos en la piel del otro en algún momento, sin procurar cierta empatía y sin buscar un modo mejor de hacer las cosas, acostumbra a ser sinónimo de destrucción, no de construcción. El mundo sería mejor si durante un instante nos pusiésemos en el papel del que tenemos delante.

En mi empeño por aplicarme el cuento, intento ponerme en la piel de Jiménez Losantos. Pero les juro que, salvo por una suerte de empecinamiento obsesivo que le hace ver conspiraciones en cualquier lugar (existan o no), no alcanzo a entender qué le lleva a aportar tanta crispación a la nuestra realidad cotidiana. Por otro lado, lo considero un contrapunto necesario para evitar un arco comunicativo monocromático en nuestro país. Además, es un tipo capaz de plantarle cara a cualquiera, cuando considera que la verdad está de su lado, sin embargo debería reconsiderar su nivel de agresividad verbal. Creo que argumentar más y calificar menos, podría hacerle bajar audiencia, pero ganaría en credibilidad. Aportaría más a nuestra sociedad, creo que le sería mucho más útil. 

Del papel de la Conferencia Episcopal Española en todo esto… mejor ni hablamos. Que la jerarquía eclesiástica le avale con su silencio, apunta a cierta incongruencia. La verdad nos hará libres, cierto, pero no descalificación.

Considero que en todo este embrollo, Gallardón gana puntos acudiendo a los Tribunales para hacerse respetar. Federico Jiménez Losantos pierde enteros, como mínimo, por las formas en las que se expresa. 

Que no se confundan los que hablan de censura. No se trata de poner bozales. Lo que se juzga no es un recorte a la Libertad de Expresión, se intenta poner un límite lógico y conveniente ante dos Derechos Fundamentales, consagrados como tales en nuestra Carta Magna, y que aquí colisionan. Tratemos de criticar sin dejar a un lado el respeto. ¿De verdad es tan difícil?

 

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 http://www.xornal.com/article.php?sid=20080602104032

 


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Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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