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lunes, agosto 18, 2008

DESDE BESTIARIA:

Hace 17 años, cuando estaba por cumplir los doce, le dije a mi papá que quería ser directora de cine. Me contestó que las mujeres no dirigían películas porque era una carrera de hombres, pero que podía ser actriz. No le presté demasiada atención, porque yo sabía dos cosas importantes: que existía María Luisa Bemberg y que "Quisiera ser grande" la había dirigido Penny Marshall, y con eso me alcanzaba.

Es verdad que preocuparse por una respuesta tan anticuada no tiene sentido. Hay problemas más graves, incluso para una nena de doce años. Sin embargo, me alegra pensar que a partir de este domingo nadie podrá recibir la misma respuesta que yo. Que ese tipo de sentencias se acabaron para siempre. Que ningún hombre va decirle a su hija que no puede ser cirujana, diputada o empresaria sin pecar de bruto. Que Argentina tendrá un precedente mucho más concreto y popular que "Quisiera ser grande". Que pase lo que pase, gane la rubia o la morocha, la casada o la soltera, la gorda o la flaca, la intelectual o la popular, este domingo, por primera vez, una mujer va a ser electa presidente.

Yo sé que un alivio parcial, una felicidad de cotillón. Que el país tiene grietas tan profundas que el lugar de la mujer es, quizás, un tema secundario. Pero quisiera hacer a un lado, por un momento, las ideologías, los planes económicos, el nivel de corrupción, el precio del zapallo, y el auge del botox. Quisiera que nos olvidemos de que los alquileres cuestan dos millones y de que pagamos la campaña presidencial de nuestro bolsillo, sólo por diez minutos.

Por primera vez va a ganar una mujer ¡Y no tendrá que vencer a un hombre! ¡Se va a enfrentar con otra mujer! Hace tan sólo diez años atrás era impensable que dos señoras se disputaran la presidencia. Sin ir más lejos, en las últimas elecciones, escuchar a un taxista decir que pensaba votar a una chica era un sketch de televisión, una alucinación surrealista.

Es cierto también que deberíamos festejar el triunfo de ciertas ideas y no el género del mensajero. No hace falta que me lo digan. Pero seamos honestos, desde hace años que acá nadie elige un candidato por sus ideas. En el mejor de los casos, se evalúa la tradición del partido político, si parece corrupto, si tiene apoyo del oficialismo o de la oposición, si grita mucho en los discursos o si es el "menos peor" del montón. Y las mujeres, hasta ahora, ni siquiera llegaban a esa instancia. Quedaban afuera en una interna borrosa, o aplastadas debajo de una encuesta dibujada por algún diario local.

Muchos van a acusarme de superficial. ¿Pero soy yo la frívola que se alegra de que una mujer pueda ser presidente? ¿O los frívolos son aquellos que nunca votaron a una mujer porque los presidentes deben ser hombres? ¿Qué es más superficial? ¿Desechar a un candidato por su género o alegrarse por el género del que triunfa?

Otros dirán que una de las dos candidatas es la esposa del presidente actual, y es cierto. Su postulación se parece un poco a la cúpula de esas empresas familiares que designan al cuñado de gerente, al hijo mayor de director de finanzas y a la cuñada a cargo del área de marketing para que todo quede en casa. ¿Pero qué hay de la otra? ¿No es acaso un líder al que siguen muchísimos hombres? ¿Qué van a hacer ahora los colectiveros que mandaban a las conductoras a lavar los platos? ¿Y las empresas que sólo empleaban chicas para puestos de secretarias o mucamas? ¿En qué categoría archivaremos "detrás de un gran hombre hay una gran mujer"? ¿En chistes y humor absurdo?

Desde hace ya unos cuantos años que no quiero ser directora de cine. Sin embargo, en mis peores días, todavía retumba en mi cabeza la sentencia paternalista de algunos hombres: las mujeres no dirigen películas. Quién hubiera podido decir que en diecisiete años iban a poder dirigir no sólo películas, sino también empresas, partidos de fútbol y países. Quién hubiera dicho, entonces, que tantos hombres como mi papá estarían tan equivocados y tan pronto.

Es posible que Hillary Clinton gane en Estados Unidos y se convierta en el líder más poderoso del mundo. Al parecer tiene chances. No descartemos, entonces, que el futuro pueda ser distinto. Que dentro de un par de décadas haya una nueva clase de conservadores preocupados porque sus hijos juegan a las muñecas, se ponen un vestido de la hermana y dicen que cuando sean grandes, serán presidentes de algún país.



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Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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